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El largo y escabroso adiós a la belleza

Por Carlos Rigel  (Colaborador especial)

 

Nadie está obligado a escribir, la escritura pertenece al orden de acontecimientos distendidos que no requieren de esfuerzo físico alguno, sino un ordenamiento, un armado, intelectual, a menudo relativo o cercano al placer. Pero, ¿qué ocurre cuando adquiere la presión de una fecha límite de entrega? Deja de ser un producto resultante del intelecto libre y pasa a ser una responsabilidad restringida. Nuestro animador y escritor Alejandro Dolina se excusaba en público, durante una entrevista televisiva hace unos años, por el retraso en la entrega de originales a Editorial Planeta del volumen «El libro del fantasma» (1999), posterior al éxito comercial del volumen famoso «Crónicas del ángel gris» (1988). Es que esas fechas –establecidas por contrato, para saberlo–, tienen ventajas comerciales inmediatas pero también castigos por incumplimiento, quizá la parte menos conocida. Sobreviene entonces la pregunta ¿existe un sufrimiento literario?

Todo tránsito por lo patológico nos remite a la imagen del Calvario, figura sobresaliente de un dolor aceptado libremente. La experiencia reciente nos dice que Federico Andahazi, autor top en la nómina sobresaliente de los ’90 y la primera década del nuevo milenio, entregó originales completos a Planeta cada 6 meses. Algunos de sus títulos caminaron al éxito y otros al fracaso comercial. Allí entran en juego tanto factores internos –la obra en sí misma– como externos al libro –el momento comercial, la publicidad, la aparición en el mercado de otros títulos de interés–, donde la calidad de la obra no es por completo determinante del resultado final. Pero nadie se pregunte cómo un autor organiza su tiempo para entregar originales de inéditos a razón de dos por año, como lo establece el contrato con el sello editorial.

Fue ruidosa, hace unos meses, la renuncia de la escritora canadiense Alice Munro, Premio Nobel 2013, a continuar escribiendo. De una manera intrínseca, intuimos el cansancio de escribir bajo presión y el escape a los contratos. La imagen estática de su escritorio abandonado recuerda vagamente la obra famosa de Van Gogh, «Mi habitación» porque allí observamos la pulcra ausencia de calor humano. Allí no hay ni un mate en espera ni un jarro de café vaporoso, tampoco un cigarrillo, acumulando cenizas curvas en ningún cenicero. Sólo un escritorio lustroso, una notebook y una bandeja de hojas con depósitos intelectuales de intentos inservibles alguna vez y útiles a futuro, ahora sin futuro.

Claro que debemos establecer una diferencia entre los autores «circunstanciales», aquellos que escriben por un pulsión intelectual caprichosa o producto de una «masa crítica» interna, de los autores «profesionales», aquellos quienes dominan el arte de la prolijidad en la narrativa, y escriben con o sin pulsión, llegando a redactar entre 15 y hasta 30 páginas diarias. Sin duda, más que un ejercicio del intelecto, es un trabajo, una labor cotidiana. La obra de ambas categorías de artistas de las letras son igualmente valiosas, aunque podríamos establecer de manera provisoria que sobresalen ligeramente las obras de los creativos «circunstanciales», cuando reaparecen en el límite del olvido social, con el producto de ideas largamente meditadas y armadas mentalmente antes de sentarse frente al teclado o el cuaderno, prueba indiscutible de que no abandonaron la creación durante el lapso de silencio u ostracismo, sino que dedicaban tiempo a la maduración suficiente para comenzar la etapa final de la escritura.

Los autores profesionales, si bien son los más buscados por las editoriales por la capacidad de cumplimiento, son quienes, luego de años de labor, quedan expuestos al síndrome del teclado vacío. Se agotan. Mientras que los creativos «circunstanciales», resultan menos expuestos al desgaste, ya que subliman pasiones entre las pulsiones mentales y la tracción del tiempo y la vida diaria; quizá hasta se dedican a otras actividades. La escritura será soberana en ellos cuando le toque el tiempo de ser soberana en el destino cotidiano de acompañar a su progenitor hasta la finalización de la empresa formidable de concluir un escrito.

Pero también hay que incluir la advertencia de don Macedonio Fernández en cuanto al deber de abandonar la escritura a tiempo y enfrentar la decrepitud en soledad para no degradar los logros literarios. Como un campeón de box, es mejor tener un plan y abandonar el ring con el cinturón puesto antes que un tortazo de la realidad nos mande al nock-out con pérdida total, echando los méritos a la lona. El paradigma implícito de don Macedonio es que la etapa creativa, la «secuencia principal» en una estrella de la escritura, tiene un tiempo limitado por la lucidez emparentada casi siempre con la edad. Ese reloj no es analógico, sino de arena pero marca igualmente el tiempo contra el cual un autor clava el record de vuelta mientras desafía en carrera las barreras de la intuición y la percepción.

Pero la diferencia entre un autor pasional y otro que cumple con el lector para mantener su nombre en el mercado no es menor. A veces coincide en la misma persona a través de las décadas. Por eso nos quedaremos con la primera etapa de Sábato –»El túnel, Sobre héroes y tumbas, Uno y el universo, etcétera– y no con la segunda y última etapa –Antes del Fin, La Resistencia, España en los diarios de mi vejez–, porque tanto sol del comienzo explica la sequía del final. Los autores de una etapa inicial intensa pueden brillar hasta volverse áridos. De allí la advertencia de don Macedonio. Cuando prolongan esa etapa quedan propensos al derrumbe salvo muy honradas excepciones.

El fauno pasional claro que no controla su espíritu ni es capaz de suprimirlo sin pagar con una cuota de su cordura, pero sí es capaz, en cambio, de sublimar y dosificar con prolijidad esas pasiones domadas por las reglas, las técnicas y los recursos que alejan al texto, por suerte, de una catarsis incomprensible. Pasional no es sinónimo de irracional. El autor pasional es probable que caiga en su deber, que escriba hasta el último día, porque no es dueño de esa pasión, sino su mensajero, la herramienta, mientras que el profesional responderá a un programa de actividades y quedará propenso, tal vez, a jubilarse y abandonar su escritorio. Pero claro que no es peyorativo jubilarse y acabar con las responsabilidades de lidiar con los editores. Pero nada es absoluto, todas estas son probabilidades. Por suerte somos sujetos y la subjetividad nos protege contra lo irreversible.

Todo debe ocurrir en un lapso determinado. Y aunque es insidioso pensarlo, la vida creativa de un artista también debe tener un límite similar a la trayectoria deportiva de un jugador de fútbol o un boxeador. Y cuando el valor mengua para abandonar los guantes y los botines de la pluma, es decir, cuando la presión externa supera a la capacidad interna de dar las respuestas esperadas, es cuando se produce la crisis que, de persistir obstinadamente, desenlazará en el fenómeno conocido del suicidio. Por suerte, Kafka se pegó un tiro pero después de muerto. Ahí tenemos a un autor de una única etapa con disparo post mortem. Alice Munro, la canadiense que termina de renunciar a la escritura, parece revelarnos que, cuando el éxtio transitado incluso se torna en calvario, hay otra manera de enfrentar el final claudicando a la belleza, sin disparos ni agónicas derrotas.

Están exonerados aquí, por supuesto, los autores que abundan en las redes sociales quienes escriben poemas ligths o diet para el embeleso personal y cuya seriedad o motivación se mantiene en duda. En fin, de autores verdaderos y la abdicación de los reinos, la teoría del sufrimiento literario ha dejado de ser un mito cultural nunca antes previsto para pasar a ser una probabilidad inquietante que no sólo habla de escribir, sino, sabiamente, de cuando dejar de hacerlo.

 

CR

 

rigel

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