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Orígenes históricos de la Navidad

Por Carlos Rigel (Colaborador Especial)

Año a año occidente afirma las fechas del calendario cristiano de Noche Buena y Navidad, y una semana después, Fin de Año y Año Nuevo. El mundo completo ha terminado de acomodarse a estas fechas que constan en los almanaques anuales de un tercio de la población mundial. La tradición es antigua aunque se sigue renovando en cada ciclo anual. Pero ¿cuál es el origen de estas celebraciones? ¿Cuándo comenzaron?

Los registros de la Enciclopedia Británica dicen que hacia el siglo II, los continuadores del colegio apostólico de Cristo, celebraban el Día Natal de Jesús de Nazareth y aunque desconozcamos la fecha exacta del año destinado a la festividad se cree que recayó en el 6 de Enero, pero vale el antecedente, porque año tras año se fue afirmando como costumbre el celebrar la natividad de la figura central del cristianismo.

Para esta época aún no habían sido escritos la mayoría de los evangelios citados por La Biblia actual. Es probable –pero sin certeza– que sólo existiera el Evangelio según Marcos, ya que se cree que el inspirador del escrito, el autor, fue contemporáneo y discípulo de Jesús. Fue redactado hacia el año 45, es decir, pocos años después de la crucifixión y quizá en vida de Marcos. Sin embargo, allí tampoco encontraremos fechas que ayuden a establecer los momentos claves del día y el mes del año.

Hasta esos días y luego, hasta la adopción del cristianismo, Roma rendía culto al Sol, símbolo que acuñaba en la moneda del imperio que extendía a todas las provincias. La influencia solar era tan determinante para la cultura romana que disponían de dos fechas paganas, pero muy motivadoras, para celebrar los ciclos del astro: la Saturnalia, que cubría la semana del 17 al 24 de Diciembre, celebración en honor a Saturno, el dios de la semilla y del vino, días de fiesta en los cuales los romanos hacían regalos a niños y pobres, y al finalizar le seguía la Brumalia, el 25 de Diciembre, fiesta dedicada al sol, llevada a cabo en el solsticio de invierno, y que celebraba el día más corto del año —Deus Sol Invictus (dios sol invencible)— o bien nacimiento del Sol —Natalis Solis Invictis (nacimiento del sol invencible)— cuyo nuevo ciclo o cambio de estación de las cosechas, era personificado con el dios Mitra, dios persa adoptado por los soldados del ejército romano.

Para el primer siglo, la población judía en Roma era minoritaria liderada por predicadores y sus comunidades, y una rareza en las calles del imperio. Nerón reaccionó contra ellos, acusándolos del incendio de Roma, lo que nos revela que la presencia del cristianismo era molesta, mayormente compuesta por exiliados y prófugos de la ley hebrea en Israel. Pero en el siglo II era una presencia notoria. Lo determinante fue la Diáspora del siglo IV, con el éxodo que produjo la expulsión total del pueblo hebreo de Israel hacia el 350. La población judía derramó sobre el viejo mundo y el imperio recibió la totalidad, desde la Mesopotamia hasta el norte de África y parte de Asia.

Era de esperar que las celebraciones romanas y las cristianas entraran en simbiosis. No fue así con la cultura hebrea ortodoxa pero vale preguntarnos qué ocurrió con los hebreos quienes no eran tan ortodoxos. Sin embargo, la fecha y la fiesta en sí, tuvo resistencias en el cristianismo primitivo. cuando invitaba a acompañar el desenfreno del pueblo romano que tanto sedujo a los cristianos de la iglesia primitiva, complacidos con la excusa de continuar del Año Natal de Jesús con un pequeño cambio de espíritu y fervor alcohólico.

Los primeros en protestar fueron predicadores occidentales, los del cercano oriente y la Mesopotamia –egipcios, sirios y armenios–, en contra de la frivolidad impropia con la cual el nacimiento de Cristo era celebrado con desenfreno y exceso –como acostumbraba la romana por esas épocas–, y acusaban a sus hermanos orientales de idolatras y de adoración al Sol por adoptar un festival claramente pagano como justificación para la entrega a la bebida, a los banquetes y el estado de lujuria permanente, y se mantenían en la fecha solemne del 6 de Enero, argumentando que aquellos, los del 25 de Diciembre, eran discípulos del mal. Aquellos… es decir, nosotros.

La transformación sobrevino con el triunfo de Constantino el Grande sobre Majencio hacia comienzos del siglo IV, ambos se disputaron la totalidad del imperio romano. Hasta ese tiempo, cada uno imperaba sobre la mitad del territorio de dominio romano. La batalla del Puente de Milvius en 312 decidió quien gobernaría los destinos de Roma. La Navidad cristiana se celebró por primera vez en 336 durante el imperio de Constantino el Grande y consta en el calendario romano de la época.

Pero no fue hasta el 354 que fue transferido el Día Natal del 6 de Enero al 25 de Diciembre. Es muy factible que Elena, madre del emperador y muy devota del Cristo, haya impulsado la incorporación de la fecha al calendario oficial del imperio. Sin embargo, recién en el siglo V, con Constantino hijo, quedó ordenada oficialmente, sepultando la fiesta del Sol invictus durante la formación del imperio cristiano del mundo que alcanza hasta nuestros días.

Posiblemente del acuerdo de partes entre ambas corrientes originales es que hoy mantenemos las fechas del 24 y el 25, recordando la fiesta de la semilla y el vino, el 31 y el 1, como comienzo del ciclo anual, y luego el 6 de Enero, rememorando la antigua natividad, hoy transmutada a Reyes, en recuerdo de los Reyes Magos, o bien, los astrólogos, sabios y matemáticos de la mitología cristiana llegados a Jerusalén siguiendo señales oníricas, astrales o estelares.

La parte reprochada de haber adoptado las fechas de celebración de Saturno es que se trataba de una deidad en conflicto con el dios del cristianismo. Era uno de los dioses de la antigüedad y en lo que concierne a la documentación histórica, incluso anterior a Dios. En Egipto fue Vulcano, en Grecia Cronos, para los druidas Moloc o Baal y para los babilónicos Nimrod, el dios sol y del fuego, padre de todos los dioses, el mismo que devoraba a sus hijos según nacían y cuya época de reinado corresponde al nacimiento de los pueblos de la antigüedad, de cuando los hombres sacrificaban a sus hijos honrando al sol para expiar culpas o pecados con la renovación que inspira el fuego –que quema todo, incluso los pecados–, y solicitar los beneficios de buenas cosechas.

En cuanto a la fecha propiamente del 25, como natalicia de Jesús, todavía hay dudas, también en cuanto al mes. La fuente de información vuelven a ser las escrituras. pero hay dos versiones a tener en cuenta. En esas épocas, era costumbre que los pastores judíos enviaban a sus rebaños de ovejas a los desiertos tras la Pascua y estas volvían cuando llegaban las primeras lluvias de otoño. Y de las referencias bíblicas, por las descripciones que nos dan de aquel día, no es posible que Cristo naciera el 25 y ni siquiera en Diciembre. La razón es que cuando Jesús nació, las ovejas pastaban al aire libre, por lo que todavía no había llegado Octubre. Si la descripción es correcta, su nacimiento debió ocurrir entre Septiembre y principios de Octubre.

Pero hay una segunda corriente que inspira sus conclusiones en el pesebre de emergencia que sirve al nacimiento de Jesús de Nazareth, y sostiene que si Jerusalén no disponía de hospedaje para los peregrinos de visita en la ciudad se trataba de una festividad especial. Es cierto que esas exiguas referencias constan en las escrituras, entonces afirman que se trataba de la Pascua judía, y de allí concluyen que el nacimiento debió ocurrir en la segunda quincena de Abril. Si embargo, hablamos de escritos que fueron realizados incluso siglos después de los hechos concretos, lo que vuelve a la extracción de registros semánticos altamente especulativa.

Lo cierto es que la fecha y año del nacimiento cronológico de Jesús causa controversias intelectuales hasta nuestros días, cuando una parte de Occidente aún duda de que la personalidad del nazareno siquiera haya existido. Pero descalificar al extremo la Navidad actual por su origen pagano de culto a Saturno y al Sol de épocas romanas, es como calificar de terroristas a los premios Nobel de la historia porque Alfred Nobel fue el inventor de la dinamita.

Pero nada de esto habla ahora de la emoción, de la reunión familiar, de la espera pasiva que representa la Noche Buena, de la mesa compartida, de una tradición mística y social, para unos, y litúrgica y emotiva para otros, donde habitan reyes, nacimientos y buenos deseos. Occidente le ha impuesto una fiesta de fervor y el mundo entero se detiene para honrar algo más que unos días de nuestro calendario. Y frente a esa universalidad del orbe cristiano, los sentimientos del ser son de orden privado: Cada uno la vive como cree que debe vivirla. Tengan todos unas bellas fiestas y una grata Navidad.

 

 

CR

rigel

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