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El caos de la interpretación

Por Carlos Rigel (Colaborador Especial)

 

En una edad donde prospera el liberalismo, resulta bastante fácil contaminar los resultados de una lectura con el despertar de las pulsiones interpretativas de cada uno al amparo de la libertad del sujeto individual. Este fenómeno es reciente y le asigna a cada obra de texto una interpretación diferente por cada lector, donde el autor y su escrito quedan anulados por una corriente caótica en debate ardiente donde hasta el texto en cuestión es prescindible y cuya influencia no resulta determinante a la hora de opinar.

A esta confusión se debe que autores como Kafka continúen siendo impenetrables en los sentidos básicos que autodefinen la labor de su vida. Lo fundamental queda aplastado por la subjetividad y el «yo entiendo como quiero» es la moneda común para cerrar el episodio que guarda en sus entrañas privadas una vaguedad dudosa de elementos sueltos que sobrevuelan inciertos en un huracán de caos mental lleno de incongruencias.

Como decir: «¿Cuánto es dos más dos?», y que la respuesta sea: «¡No, no, yo no intervengo en cuestiones de matemáticas, porque no me olvido que los números están inspirados en la cultura árabe, y yo no tengo nada que ver con esa cultura retrógrada, estoy muy en desacuerdo con los ataques de ISIS y con el silencio de la Liga de Emiratos Árabes ante crímenes de Lesa Humanidad, ¡miremos lo que están haciendo en Siria!, así que prefiero abstenerme de intervenir en la respuesta porque va contra mis principios!», cuando la respuesta inminente es cuatro.

De manera que debajo de esa libertad interpretativa defendida a capa y espada se encuentra la respuesta al estímulo cognitivo y deductivo propuesto a partir de un autor y su libro, multiplicado por cada símbolo semioculto en el texto o de lectura dudosa. Y esto por cada lector diferente en debate caliente por imponer su propio criterio de interpretación libre por sobre el de otros a través del atributo comparativo de la fascinación, y que el proceso de sinergia concluya en una especie de Frankenstein mal cosido y remendado a la fuerza con pedazos sobresalientes de cada lector en la construcción de una versión libre.

Claro que hubo autores y pensadores que adhirieron y hasta aportaron a la confusión. Quizá el más recordado sea Vladimir Nabokov, miembro del comité Nobel, cuando cruza la raya con un ensayo donde se propone demostrar que Gregorio Samsa, el personaje primario y observador del relato La metamorfosis, no es una cucaracha sino un escarabajo. De manera que detrás un estudio sobre la morfología de los artrópodos, según el autor, se encuentra la solución literaria al relato kafkiano, y no en una situación familiar a puertas cerradas.

El punto culminante de los improvisados opinadores tiene dos improntas ejemplares. Por un lado proviene del psiquiatra que en su ensayo literario afirmó que Edgar Alan Poe «tenía la mente enferma» y que obligó a Julio Cortázar a salir en defensa del autor estadounidense, padre del relato moderno, al refutar el concepto, justificando y corrigiendo: «Poe tenía la mente en perfectas condiciones; lo que tenía enferma era el alma», lo cual parece confirmarnos que la interpretación aún académica entrando sus narices donde no debe puede terminar en cualquier lado, menos el adecuado; y por otro lado, un taller de escritura del conurbano bonaerense que titulaba «Pautas interpretativas», es decir, cómo de debía interpretar un texto, cuales interpretaciones eran válidas y cuales no, cuando todas son erradas desde el origen.

Pero también la corriente contraria ha tenido sus defensores de renombre, por suerte, quienes reaccionaron oportúnamente con ofuscación ante la interpretación libre que prospera en la actualidad. Entre ellos, nada menos que la recordada ensayista neoyorquina Susan Sontag y que hasta define en el título de uno de sus volúmenes «Contra la interpretación» donde desarrolla los motivos para evadir el camino fácil. Y también el reciente fallecido semiólogo italiano Umberto Eco, cuando descalifica al paradigma de interpretador libertino que usa al texto como fuente de las pulsiones correctivas libres y erráticas de cada uno. Afirmó a fin de cuentas que leer bien allanaba los disparates.

Es que el texto no es el disparador de sueños de vigilia de quien lo lee, sino un proceso silencioso que requiere de análisis y el descubrimiento encubierto durante el goce de leerlo, porque interpretar al libro es corregir al autor, desconociendo los motivos primarios de éste último y que lo llevaron a escribirlo, y es fomentarlo en la ambigüedad luego de una lectura sucinta y superficial: cuando el lector cree haber comprendido todo su contenido la simbología arbitraria prevalece y el libro es olvidado.

Y si al estigma de la confusión del lector agregamos la invasión del psicoanálisis freudiano y luego la intervención de la filosofía con la categorización de señales irresueltas en la interpretación, el libro ha quedado desfigurado por completo y pasa a formar parte de una pesadilla recordada parcialmente en flashes fragmentados, en un rompecabezas con faltantes de piezas y partes agregadas de otro juego, también incompleto. Y luego nos dirán: «Lo leí pero no me gustó».

La época presente no se caracteriza por la inteligencia y la sabiduría es un agujero negro social donde la lectura es fugaz y frugal, donde importa más tener algo pronto para decir del libro que haberlo comprendido. Es que el vivo criollo también ha penetrado las defensas razonables de la literatura, cobrando corporeidad como reflejo plástico del gomero que emparcha lo incomprendido, como cubiertas pinchadas. Se leen libros como si fuera el diario y la interpretación viene a cubrir los baches, los huecos de la incomprensión. Pero no sólo los libros son las víctimas de esta corriente desprolija.

Hay quienes ven la película El náufrago y concluyen en la tragedia de una familia inconclusa interrumpida por el accidente de un novio; otros recuperan la relación de afecto del novio con los objetos inanimados en reemplazo de la prometida; mientras que otros ven la corrección forzada del rumbo en la vida de un hombre con el destino errado, en la metáfora del Camino del Héroe de los arcanos mayores del tarot, con la imposición de un derrumbe necesario para un cambio tanto externo como una evolución interna del individuo hacia otra personalidad, una oculta, en su naturaleza humana.

Unos se comprometen con la imagen visual, rápida y fácil radicada en el capricho, y completan el panorama con parches vivanciales propios, otros se inspiran en la metáfora circular donde el cineasta clava cada escena con precisión de relojero en una construcción amplia. Nadie niega que hay elementos suficientes para ambos, pero la parte espuria no es dar por respuesta, por ejemplo, la pata rota de una mesa de cocina, sino que hayan preguntado cuál es tu mascota preferida con esa respuesta. Porque el interpretador no habla del motivo específico, sino de sí mismo. Nos dice hasta adónde es capaz de bucear con su cofre cultural ligero y el resto lo complementará con su experiencia personal ocurrente.

Y pensar que del debate acalorado entre estas corrientes salga algo útil por medio del ejercicio sinérgico que exige este tiempo democrático es tan inservible como ingenuo, tanto como dejarle a los estudiantes de psicología el diseño de las nuevas matemáticas, en detrimento de los matemáticos. Porque cada uno revela en cada prueba el tipo de ilustración personal: son exámenes de cultura general, de lucidez, de sentido común y de capacidad analítica de segundas lecturas. Analizar es descubrir las metáforas subliminales profundas perseguidas obsesivamente por el creador de una obra. Y frente a ella, el interpretador es el destructor de esa obra.

Sin duda, la víctima de esta edad es el análisis profundo, el análisis literario –que además aplica a los secretos del cine– pero la falta de tridimensionalidad resultante nos delata bidimensionales. La interpretación aplicada a las expresiones del arte, como si fueran sueños remotos, erige a cada uno arbitrariamente como el director de orquesta sin conservatorio en una sinfonía clásica de un autor fallecido –única interpretación posible, porque está muerto y el director es el intérprete de la partitura–, o, acaso peor, como coautor de cada libro que existe. Lo aconsejable para el opinador, es leer y mirar tres veces antes de opinar.

 

CR

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