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Buenos Aires

En busca de protagonistas

Por Carlos Rigel (Colaborador Especial)

 

Una corriente de actores culturales de géneros diversos del arte, solitarios casi todos ellos, finalmente extienden raíces expresivas a otras latitudes del mapa nacional unificando una patria artística y sensible. Como una estofa de sueños resultantes de una edad creciente y a un coste personal –sin ayuda de los estados provinciales ni distritales–, viajan invitados a simposios, a encuentros interculturales, a presentaciones de grupos y asociaciones locales de artistas laboriosos, aunque desconocidos en el orbe nacional, pero llevando consigo la obra preseleccionada de otros cultores del arte de su propia comunidad.

El territorio argentino es enorme, y así como los expositores de una feria de libros prolongan las novedades con una nómina de títulos editoriales de interés general o regional desde los centros urbanos a los estados provinciales, en otra escala –una individual–, estos juglares genéricos, sin ánimos de lucro, sienten la responsabilidad de representar a sus comunidades sin que alguien se lo pida, llevan el arte de una región a otra, comparten antologías, portan álbumes con muestras fotográficas de obras escultóricas regionales, abren ventanas representativas entre comunidades distantes entre sí, afianzan lazos de comunión con regiones distantes de la patria donde las políticas internas no extienden sus brazos ni tampoco los sellos comerciales o galerías cubren dichos espectros.

El fenómeno habla de la salud y prosperidad de una comunidad abierta a los géneros artisticos con adeptos, aficionados, cultores y veteranos. Muchas veces se ha dicho que el arte une a los pueblos pero pocas veces ha sido plasmado en políticas de intercambio. Los regionalismos llevados al extremo producen enfrentamientos y desunión. El deporte inspira a la competencia y a menudo adquiere los destellos de una guerra implícita entre naciones hermanas continentales e incluso promueve el desprecio entre comunidades lindantes, los triunfos deportivos son vistos como muestras de una superioridad que conlleva al menosprecio y el menoscabo del perdedor.

Pero nadie canta el himno nacional cuando inicia un encuentro de poetas, ni se da apertura a una muestra de esculturas o de artes plásticas en galerías o centro de convenciones elegido para el desarrollo de actividades artísticas. Es que el arte no reconoce divisiones políticas ni provinciales o nacionales, sino tendencias, estéticas, vanguardias, experiencias. El arte es la antítesis activa del deporte masivo: no busca enfrentar, sino revelar, ligar, comulgar, adherir, esculpir la excelencia.

Son embajadores culturales anónimos de cada género, no perciben sueldo ni reciben facilidades en ningún compartimiento de ningún gobierno que los auspicie. La misión de cada uno es silenciosa, apenas encuentra un modesto reflejo en las redes sociales, nada reclaman y no esperan gratificación alguna. En ellos descubriremos la suma de labor personal y los atributos de una red selectiva de material regional que tampoco está sujeta a competencia ni a regionalismos a ultranza.

El elogio reciente de la Coppa Volpi en el Festival Internacional de Cine de Venecia a nuestra estrella Oscar Martínez confirma la ausencia de límites políticos cuando lo iguala a figuras de la talla de Sean Penn, Gérard Depardieu. Sir Alec Guinness y Marcello Mastroianni. Claro que esta es la cúspide de una expresión refinada del arte cinematográfico, pero nos sirve para sustentar un criterio que en la praxis se encuentra más allá del espíritu belicoso de enfrentamiento, sino que anida en el reconocimiento académico y artístico por sí mismo.

Pero estos viajeros anónimos del arte, son parte de una inercia cuyo impulso es remoto y nos acompañan desde que las artes expresivas identifican a la humanidad. Mensajeros sin alas, llegan a lugares del mapa donde se desarrollan  eventos culturales de cuyo conocimiento es otra de las ventajas que ofrecen las redes virtuales de nuestros tiempos. Quizá se trata de soluciones privadas pero involucran a personalidades específicas en las distintas caracterizaciones del arte, que por motivaciones profundas trascienden localidades y estados provinciales.

A decir verdad, nunca hubo otra manera de difundir y transitar la obra particular de cada artista emergente que salir al encuentro del público. De allí la tarea en el medioevo de grupos juglares que peregrinaron los pueblos, portando las novedades entre la composición y las noticias, ahora sintetizada en figuras solitarias que sienten la responsabilidad de representar a sus congéneres, a aquellos quienes no pueden viajar.

Y mientras una burguesía satisfecha con sus logros comerciales o financieros viaja de vacaciones en busca del aislamiento reparador, los activos viajeros de la escritura, del cortometraje de video, de la fotografía, de la pintura, de la actuación, programan «visitas» en donde comulgan el descanso con el placer de difundir, de conectar, de mostrar, de promover el resultado artístico de sus comunidades. Menos que un descanso hacen de sus visitas de divulgación una actividad tan placentera como promisoria.

 

CR

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