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Vigencia del libro: No hay tal muerte

Por Carlos Rigel (Colaborador Especial)

 

La polémica recurrente acerca de la sobrevivencia del libro frente a la eclosión vertiginosa de los medios electrónicos vuelve a cubrir el mantel de la dudas que van desde evidencias exiguas hasta verdades parciales. Dicho debate tiene décadas de irresuelto y cada pocos años despierta inquietante. Las opiniones están divididas entre quienes gozan de la lectura y quienes prescinden de ella. Además, la comprensión del contenido de un texto denso transita el concepto definido por el mexicano Carlos Fuentes: «leer es una tarea rumiante». Frente a la premisa, los días vuelan, las ocupaciones son múltiples, el tiempo no alcanza y lo sintético amenaza anular lo expansivo. Frente a esa realidad, entonces, ¿es posible la muerte del libro?

En el mundo de la Internet y de la explosión de las redes sociales de acceso público, era probable reanudar el debate al replantearnos la vigencia y la permanencia del libro como objeto de consumo y de culto, aún cuando preanuncian el desplazamiento de la letra en tinta por la dibujada en píxeles. Incluso la subordinación secundaria a los tiempos acelerados y constrictores de una actualidad que a diario bombardea las pantallas y los visores portátiles. Las noticias corren en la delantera entre los episodios del momento y la capacidad de recibirlos, de absorberlos, de informarnos. La lectura prolongada, por su parte, siempre implicará una elaboración pausada, sostenida y cognitiva.

Es cierto que la catarata de datos que vierten las redes en cada hora y la fragmentación de los detalles de esa información, llevó a renovar la pregunta acerca de la permanencia en la sociedad moderna de la lectura de la tinta y el papel, tan extensiva, meditativa y amplia cuando, además, requiere del compromiso de lector con la soledad para esa ocupación estática, conciente y profunda. Y frente a la inmediatez, la concisión y la planitud de las redes, donde casi todo es un titular y un copete descriptivo sustentado casi siempre por una imagen, no fue difícil estimar de nuevo la extinción de la edición impresa. Poco faltó para declararla habitante perdida del desaparecido Olimpo.

De nada sirve exponer criterios privados inspirados en creencias o afectaciones personales con el objeto en cuestión. No se trata de afirmar «Los libros no morirán nunca», sino que hay que demostrarlo más allá de toda duda persistente, porque el concepto de «libro» va más allá del resumen iconológico de la lectura en sí misma: para leer un libro primero debemos recibirlo o prestado o haberlo comprado.

El momento comercial de adquirirlo, más precisamente, el costo de bolsillo de poseerlo, fue el otro concepto que, nocivo, pareció atentar contra la edición de material impreso frente a la aparición de los llamados «ebooks», donde por un pago mínimo el lector accede a la lectura por pantalla de una novedad editorial. Incluso frente a la edición de periódicos electrónicos. Y si además prestamos oídos a la misma literatura futurista de ciencia-ficción, títulos perturbadores como Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, o películas recientes como El libro de los secretos, de Whitta, filmada por los hermanos cineastas Hughes, la endeble edición impresa parece sentenciada a la extinción en décadas próximas por abandono de practicidad, anomalías de la humanidad pendiente de un milagro de la azarosa veleidad.

Sin embargo, la caída reciente del 8 % en el acceso a los ebooks revelada por las estadísticas en España contradice la sentencia mortuoria y, al contrario, habla en favor de la edición de material impreso. Pero hasta aquí, deducimos una competencia dudosa entre el papel y el video que quizá no existe y no tiene utilidad comparativa, así como tampoco la masificación y el acceso al Photoshop ha restringido la tarea creativa de nuestros artistas plásticos, ni la reproducción de sus obras por medios impresos o virtuales ha debilitado la exclusividad de los originales, sino que ofrecen otra alternativa.

Pero hay un factor determinante que presagia la salud del libro como entidad artística, educativa y comercial, y aunque poco indagado, se trata del concepto de la «posesión del arte» en los individuos, el sentido de la propiedad de lo adquirido. Así como no alcanza con la fascinación amanecida tras el descubrimiento de una obra plástica en una galería de arte y la persona luego busca adquirir la pieza para listarla entre los valores de su posesiones, o bien, la adquisición de reproducciones impresas de esas mismas expresiones artísticas, tal vez para trasladar a su hogar o, incluso, su lugar de trabajo –donde el destino previsto es la pared de un ambiente, en busca de un equilibrio armónico que para el ser es fundamental–, de igual manera el libro, la pieza impresa, queda incluido en ese erario de objetos apreciados que hablan de una persona única en el cosmos completo de la humanidad. Es cierto que, visto así, es parte de una vanidad que acompaña al hombre desde los albores de la palabra.

A diferencia de una prenda en un placard, pocos destinarán interés al contenido del guardarropas de un allegado, sin embargo, sí le brindarán una mirada profunda a los títulos de una biblioteca personal: un libro habla de una novedad, o singular u obsesiva, bien, pero cientos de títulos reunidos hablan de la amplitud de quien los elige para vestir su biblioteca. Hablan de la persona. Exponerlos es alardear de ellos. No hay reproches, porque no es defecto tener en nuestro hogar a Cervantes o a Hernández o a Proust. Pero adquirir el libro no sólo es una manera de invitar al autor a nuestra casa, de comulgarlo con nuestra vida, sino que poseerlos identifica los gustos y las preferencias personales que otorgan profundidad temporal y vivencial al poseedor.

No basta con leerlos, sino que esos bloques de lomos encuadernados también deben ser apropiados, incluidos, internalizados y finalmente listados. Poseerlos es disponer de una cuota de poder, y siendo vehículos de experiencias alternativas, por desgracia, a veces son usados como armas disuasivas o agresivas. Pero aún cuando –centenarios– salen de una estantería hogareña como objetos inanimados vestidos como regalo especial de entrega en mano para renovar el compromiso de sus símbolos con un lector nuevo y descubierto merecedor de la joya decrépita, la palabra impresa, aún con muestras inevitables de vejez, renace siempre vigente, siempre latente y misteriosa. Como sus dueños, los libros acusan el paso de los años, pero nunca pierden la identidad del ADN.

Es frecuente encontrar libros en bibliotecas privadas medidos en su valor por la antigüedad de su edición. Y hasta la aparición de piezas realizadas en tipografías en anticuarios revelan una discontinuidad generacional en la apreciación, el apego y la importancia en la nómina de títulos de algún miembro familiar desaparecido. Pero inclusos esos libros no han muerto, sólo cambiaron de dueño. La edición de papel y tinta está a salvo, al menos, por los próximos siglos de la humanidad.

Quizá cambien los materiales de impresión, será una felicidad saber que termina la edad de cortar árboles para la producción de celulosa, pasta reemplazada por bases sintéticas de origen químico o industrial. un desequilibrio que nuestra edad puede remediar. El libro,masificado por la imprenta, ha sobrevivido a la radio, a la televisión, a la computadora y hasta a los teléfonos móviles. Y sigue adelante. Pero aún la propia ciencia-ficción indaga las alternativas de su porvenir y, desde nuestra literatura actual, dice tener resuelto el problema de no tenerlos aún en el peor mundo posible que hoy podamos imaginar. En último caso, el hombre-libro es una posibilidad frente al hiato cultural.

 

CR

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