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Buenos Aires

De San Justo a Auschwitz por el Malba

Por Carlos Rigel (Colaborador Especial)

 

Visita al MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires,

al estreno de la película Monumento, dedicado a las víctimas

del holocausto.

 

Fui al estreno del film Monumento de Machaco Producciones, la obra que recopila las experiencias narradas en carne viva por miembros del Museo del Holocausto, judíos residentes en Argentina sobrevivientes al horror, con la realización del monumento recientemente inaugurado en el barrio de Palermo en la Plaza de la Shoá de Avda. Bullrich y Avda. Libertador, en recordación de la tragedia vivida por el pueblo hebreo durante la Segunda Guerra Mundial, a cargo del equipo de profesionales del escritor y Arq. Gustavo Nielsen junto a Arq. Sebastián Marsiglia, los ganadores del proyecto. Nielsen es un admirado amigo en letras de hace muchos años.

Llegué a minutos de haber comenzado el film. Es que para el provinciano, como yo, CABA es París y moverse en la ciudad es desopilante. El MALBA abruma de belleza, es una joya ciudadana aunque entré a las corridas. El documento fílmico abarca desde los cuestionamientos iniciales al proyecto por miembros del Museo del holocausto y víctimas sobrevivientes residentes en nuestro país, hasta la conclusión del monumento que hoy los vecinos de la ciudad pueden recorrer con las yemas de sus dedos, ya que la obra es poética y, en mi modesta opinión, testimonial de la tragedia humana, pero no sólo la judía. Es el cosmos cotidiano de objetos inertes animados por un préstamo de nuestra humanidad en vida.

Son 114 piedras que contienen la impresión de unos mil objetos comunes de la vida que ilustran un poema visual a la ausencia. En cada bloque del muro reside el vacío humano pero que no recurre al golpe efectista fácil, como de un registro fotográfico, sino al acercamiento profundo por tacto, por identificación con lo dejado atrás por aquellos que no están. He allí la maravilla y el acierto: moldes en bajorrelieve de objetos abandonados al vacío y que ahora invitan a tocarlos, a compartir esa soledad: una bicicleta, lentes, zapatos, muñecas, prendas, piezas frenteadas en monolitos de hormigón que ilustran el dolor. Para el criollo es visitar las tumbas blancas de soldados en Malvinas, el cofre de fotos de hijos o de hermanos desparecidos en el Proceso. Cada vida implica un hueco, un agujero negro por los idos de la ida, y que aquí está ligado al horror.

El documental transita momentos de ofuscación y de incomprensión hacia el proyecto por los miembros asociaciones de israelitas pero, tras la obra inaugurada en Enero de 2016, despierta en las visitas la comunión de un silencio táctil. También advertí lo recurrente con especial sentido cristiano: viejas y elegantes damas polacas coincidiendo en un detalle del relato de la Polonia cruel cuando, siendo pibas, fueron salvadas por sus madres al vestirlas como campesinas católicas cristianas, con el artilugio de andar a diario con un misal de oraciones en mano, esos nacarados y con herrajes de bronce y llave, y un rosario, e incluso, aprendiendo de memoria el Padre Nuestro para evadir la desagregación nazi de judíos con destino a Auschwitz.

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Las partes del film que involucran a la construcción del símbolo van desde la isla de hormigón inicial hasta el depósito milimétrico de cada bloque con su propio mensaje mudo, mediando las declaraciones de los sobrevivientes que viven en nuestro país, e incluso el misterio de los obreros paraguayos que operaron con incertidumbre de parteros cementistas junto a los arquitectos de la ciudad y los del «Galpón», la compañía de arquitectos de Nielsen. Desde las imágenes de la empresa «Pretensa» con el desmolde de cada bloque de más de dos toneladas de hormigón, y la elevación en destino de cada uno hasta el lugar asignado con precisión en la construcción de un muro de paseo y evocación.

La cachetada emocional sobreviene con una conclusión de autocrítica cuando uno de los sobrevivientes expone 600 dibujos realizados con motivo del aniversario del holocausto por distintos testigos del Calvario, donde cada ilustración representa a 10 mil víctimas, como para tener una idea de la dimension que contiene la cifra mental inaccesible de 6 millones. Témperas, acrílicos y tintas con predominio del color negro y el rojo de un estilo desgarrado vagamente picassiano. El denominador común en los gráficos son los bucles de las alambradas de púas que fondean los motivos. Y mientras las cartulinas yacen en la mesa, el epígrafe al momento viene del sobreviviente: «Hoy veo esas mismas alambradas en Jordania… Cinco mil años y no aprendimos nada. Nada».

Nielsen y sus colegas de visita en la majestuosa Berlín, en la tenebrosa Auschwitz con galpones de pesadilla, no de sueño ni descanso, como depósitos militares y camastros de madera todavía conservadas como testigos de la agonía sin esperanza que ha dado nacimiento a la logoterapia de Victor Frankl, la terapia del «hoy llegué vivo al final del día y mañana no existe». Nielsen también en el Jardín del Exilio, en los monumentos europeos al holocausto, como el ancho pasillo interno y oscuro de una torre alfombrada con 10 mil caras caladas en chapa de hierro de 1 centímetro de espesor, emoticones del horror, que resuenan inevitablemente al pisarlas en medio de un vacío escalofriante.

La imágenes son emocionalmente fuertes, las experiencias todavía dolorosas, pero lo terrible es la comprensión de una realidad que aún golpea en nuestras puertas. Nadie quiera hoy sumar los muertos inocentes en tiroteos del narcotráfico, en los accidentes inexplicables de tránsito, en las canchas, las violaciones seguidas de muerte. No quiero banalizar la tragedia sino segmentarla para entenderla, agregando odio incalculable y la agonía indiferente en la recordación de un sufrimiento que debería golpear a cada familia por igual, además de la puerta. Perder un hermano es perder un brazo, perder un hijo es perder el corazón entero, pero ¿qué ocurre cuando perdemos brazos, piernas, cabeza y tórax?… Eso es un sobreviviente al holocausto.

La película está dedicada a una de las víctimas, Judith Horvat, una viejita austera quien compartió sus memorias durante las entrevistas, y no es difícil deducir el motivo de la dedicatoria final. La noche termina, las luces se encienden. Nielsen se levanta de la butaca entre el público, me ve, me sonríe, me saluda. Es el primer gesto post-grieta que nos reencuentra. Y abren el micrófono a las preguntas.

Poco afecto a las intervenciones, me voy al fondo. La nota discordante la ofrece un perfecto imbécil del público, un viejo torpe una fila más adelante y cuatro butacas más allá, quien se burla del lenguaje guaraní de los obreros paraguayos filmados durante una escena, como si haber sido quechua o aimara hubiera entendido algo del diálogo citado, y me pregunto cuánto hubiera reído si los obreros tuvieran capuchas negras y leyeran un proclama en islámico. Y como siento ganas de cagarlo a piñas al viejo torpe, por boludo irrecuperable, entonces me despido.

Protagonista de esta edad de luces y sombras, Nielsen de nuevo me sonríe a la distancia –como 10 metros–, mímico alza la mano, le respondo la cortesía y me voy. Querido y admirado amigo, lo abandono y regreso a Buenos Aires desde Berlín y lugares que prefiero olvidar. La noche es fresca pero agradable. El Museo de Arte Latinoamericano de la ciudad es majestuoso. Pienso en Kosovo, en Sierra Leona, en México, en Venezuela. CABA me inspira, pero me avejenta. Concluyo: La humanidad no aprendió nada.

CR

 

 

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