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Buenos Aires

Las Orejas de Van Gogh

Por Carlos Rigel (Colaboración Especial)

 

En el conurbano bonaerense somos productores industrializados de Van Goghs. Nos destacamos en la producción de artistas aislados y desconocidos, de esquizofrénicos, de pacientes psicoterapéuticos con oreja o sin oreja. Incluso producimos orejas. Y nadie subestime al órgano con pabellón auditivo, porque a Beethoven le hubiera venido bien una de repuesto con tímpano reverberador y amplificador de audio. Si estando sordo hizo lo que hizo, imaginemos con una en buen estado.

Lo misterioso es que no producimos Dostoievskis, como podríamos deducir e interpretar de las enormes extensiones pampeanas que nos tocan, tan similares a las llanuras desérticas rusas, donde una característica sería el aislamiento y la inconexión a veces citadas en la narrativa del eximio novelista de la edad zarina.

No es difícil verificar el progreso urbano de cada uno desde su propia ciudad, pero al observar el mismo mapa desde la altura, la visión definida se desintegra: somos creadores de islas en el archipiélago terrenal. Pero es peor acercarnos y descubrir el mismo archipiélago en la tectónica social, la barrial e incluso la humana, la individual, donde nuestros vecinos aislados desconocen lo que sus propios vecinos producen.

De allí también la prosperidad de orejas sueltas, porque hasta ahora los Van Goghs, nuestros Van Goghs, van por otro camino. El artista debe evadir a diario la selva de las comunicaciones, el aislamiento vecinal e institucional y a veces hasta el familiar y, como si fuera poco, la reciente invasión de pacientes psicosomáticos en sus propias áreas artísticas. Es que hoy la sublimación de las expresiones catárticas son vistas como revelaciones  del arte mental, cuando siguen siendo los gritos de fractura ante la falta de autoestima personal. El cuadro no parece muy halagüeño. Pero por suerte, la mayoría de los faunos del arte están vacunados contra el virus de la soledad. Sus fantasmas son diferentes.

El conurbano vive la disrupción cotidiana de la política como moneda corriente, no el arte ni la cultura. Quizá por eso mismo vivimos postergados, pendientes de las inflexiones orales en los discursos de nuestros políticos, como si allí residiera la solución a nuestros males y padeceres. En la elegancia o el combate discursivo encontraremos la liberación que no es distinto al discurso pasado ni al que sigue. El protagonista de este tiempo no es el profesor, el escultor, el escritor, el estudioso, el músico o el actor, sino una personalidad de la política con visa de residencia de 4 años, o quizá más.

El artista de nuestro tiempo debe abrirse camino y crecer ahora cercado por pacientes terapéuticos allegados a los talleres de literatura y atelliers de pintores cuando son un producto urbano de ese mismo aislamiento social y familiar, y también de trascender la coyuntura de vivir segregado en su propia ciudad. Se vuelve confuso observar cualidades sobresalientes entre tanto ruido mundano cuando el artista es sentado al lado del paciente terapéutico o frente a un político. Desde ese criterio tiene justificado el alejamiento. Pero también debe sortear el vacío institucional y la falta de reconocimiento de su labor probablemente hasta el fin de su vida.

Sin alejarme tanto en los tiempos, la última vez que fui invitado a un evento cultural por mi propio municipio, se trató del estreno de un capítulo de Zamba producido por Paka-Paka. Siendo representante de una organización internacional, asistí al espectáculo en el auditorio del edificio comunal en calidad de Embajador Cultural, pero lo mismo puedo ver por TV sin necesidad de protocolo. No así a la inauguración de una obra escultórica de un artista nuestro para celebrar la pavimentación de las calles de un barrio emergente en busca de su identidad comunal. Y llegará a sus calles una línea de colectivos –muy necesaria, por cierto–, pero no una obra para vestir una plaza y dignificar y difundir a los nuestros.

Vivimos corriendo detrás de la emergencia, destinados siempre a resolver lo urgente, y mientras tanto lo importante pasa para más adelante, cuando superemos lo urgente que, por supuesto, nunca termina. Por eso todavía, los vecinos del conurbano no transitan por calles con ferias de artesanos ni admirando la obra de nuestros escultores sino por calles de barro y zanjas de lluvia con ranas. No es difícil planificar un barrio, lo difícil es dignificarlo con la propia historia y su arte. Es algo más que ponerle un nombre, es sembrarle los huesos de una profundidad temporal. Dicen que Patria es el lugar donde yacen los huesos de nuestros ancestros. Esos huesos son la bandera.

El artista sabe de clavar huesos en la tierra donde vive. Sin ir más lejos, a la ciudad de Saenz Peña la tenemos presente por don Ernesto Sábato, ni por el intendente ni por figura política alguna. Tenemos derecho a mantener vitales nuestras ilusiones, a creer que todo estará mejor, aunque el paso de las décadas igual de inconclusas nos contradigan, pero mientras tanto, por cada artista de nuestras ciudades y barrios hay una oreja caída en el suelo.

CR

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