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Buenos Aires

Bibliotecas populares en crisis

Por Carlos Rigel (colaboración y columna especial-desde todos los sábados en INFORBANO)

 

 

Un vasto segmento de radiación cultural de la literatura nacional y universal lo ocupan las bibliotecas populares. Impulsadas por el mismo Sarmiento, complementan la tarea educativa y formativa regular cuando proveen de material vigente a los estudiantes y también al habitante común en el acceso a ese objeto de culto milenario –y su interacción– que es el libro. Y en tiempos donde la medicina aún no ha encontrado solución a la ceguera, incluso material en Braile.

 

Palacios del saber, las bibliotecas populares aplican saber e igualan personas, impulsan también cuando promueven la práctica de la lectura, la correcta dicción y hasta el ejercicio de la escritura, además dictan talleres destinados al ejercicio literario periódico, el análisis de textos y los debates. En otras palabras, el espectro de actividades es amplio y nada estático, como podríamos pensar, y de fijación y desarrollo del conocimiento recibido en la enseñanza contemporánea.

 

Acumuladores de conocimiento, de experiencias humanas, las bibliotecas acompañan a la humanidad desde que existe la escritura. En cada centro urbano están presentes institucionales, orgullosas y necesarias, aunque hace mucho perdieron, por suerte, la solemnidad y el hermetismo de pirámides egipcias reservadas a la elite social de edades medievales. Pero entre esos centros, esas ciudades enormes densamente pobladas, también hay pueblos y barrios emergentes.

 

La provincia de Buenos Aires es enorme y con más de 300 mil km. cuadrados de superficie nada parece suficiente. Actualmente operan 500 bibliotecas populares en la extensión para más de 16 millones de ciudadanos que la habitan. La cuenta simple dice que hay una por cada 32 mil personas. Y aunque descontáramos los hogares con servicio de internet y biblioteca propia –algo posible en los centros neurálgicos del Estado provincial con densidad demográfica y poder adquisitivo–, la cuenta igual orilla el abismo, porque afectan apenas al 12 por ciento del total. La desproporción se mantiene inalterada.

 

Pero ese cuadro empeora notoriamente en el  distrito, en La Matanza, con apenas 15 bibliotecas populares para 2 millones de personas: una por cada 133 mil habitantes, resultado escalofriante que revela la ausencia de promoción y protección de un compartimiento cultural que debe crecer al ritmo de la población. Hasta aquí, entonces, la crisis endo-bibliotecaria, porque es social y nos habla de las deudas internas frente al progreso merecido, y también de la asimetría en el acceso al conocimiento que nos hace personas mejores, íntegros. Pero todavía falta la otra crisis que en estos días las involucra y nos involucra.

 

El ícono universal de la biblioteca es una pila de libros, o en espera de lectura o de consulta, o ya leídos, pero siempre libros clasificados, libros cinéticos, libros durmientes, libros abiertos, libros que viajan, libros que vuelven a la pared o la estantería o salen de ella… Pero no lo hacen solos. Hablar de miles de libros es hablar de la tarea de los bibliotecarios, es hablar de restauradores y de conservadores de material tanto actual como centenario. La ocupación es permanente y exige constancia, interés y compromiso. Esos mismos recursos humanos en los bastiones del conocimiento hoy también están en crisis.

 

Las bibliotecas populares dependen, por un lado, de las subvenciones de la CONABIP –Comisión Nacional de Bibliotecas Populares– fundada por Sarmiento, que recibe y administra fondos provenientes de la Nación. Son partidas anuales que contemplan proyectos de apertura comunitaria, la adquisición de mobiliario, el pago de los servicios –luz, gas, agua, internet– y el mantenimiento del material editado en condiciones de lectura. Y por otro lado, el subsidio enviado por el gobierno provincial, eje del conflicto actual.

 

Nación, en lo que le corresponde, cumplió con los depósitos cíclicos, pero distinto es el caso de la provincia luego de 6 meses sin enviar los subsidios correspondientes al cobro del personal. La situación es dramática. Hablamos aquí del sueldo cuando su ausencia hasta hoy hiere el funcionamiento de la institución y las deja merced a lo errático. Y aunque nuestras 15 bibliotecas populares aclaran que recibieron hace semanas un remanente adeudado de meses anteriores, hablamos de irritantes 440 pesos. El resultado es el mismo: siguen en crisis por la indolencia estatal, de uno u otro estado, pero de nuevo estatal. De esta manera se está volviendo frecuente en el personal de bibliotecas de nuestros días la busca de «changas» en el único aguante legítimo de sobrevivir; el único que sirve.

 

Claro que el espíritu cultural de la población local no es ni fue de interés comunal, el municipio no tiene previsto ocuparse de nada más allá de lo básico, como mantener cientos de unidades básicas que en el centro urbano de San Justo, el eje institucional de «la quinta provincia», por ejemplo, que habitan las calles a una por cuadra. Por eso las bibliotecas populares también resultan incluidas en el «arréglense como puedan» en lo que a lugar físico se refiere. Así, el caso de la Biblioteca Popular Almafuerte –nombre de una personalidad local destacada de la política, el periodismo y las letras matanceras– librada a su suerte, vagando sin destino, en busca de un lugar físico donde desplegar la impresionante suma de historia que posee. Así, la biblioteca termina de regalar libros antes que la desidia estatal los condene a los jejenes en ataúdes de cartón. Almafuerte hoy andaría por nuestras calles empujando un carrito.

 

Las partidas de fondos y los domicilios fiscales, en todo caso, son para mantener mitines y elementos de la tropa militante, y las reservas destinadas a su movilización cuando lo establezca la dirigencia partidaria, servil con las decisiones políticas, o a la inversa. Esos fondos son intocables y no existen, por ejemplo, para sustentar lo cultural cuando dependen de los vientos provinciales y las brisas distantes de la Nación.

 

Nuestras bibliotecas están con problemas serios y por el momento no se advierten soluciones. En resumen, la gobernación hoy tiene una deuda urgente con las 500 bibliotecas populares del Estado provincial que operan en ciudades y barrios de nuestra llanura. Pero el municipio, también tiene una deuda interna con las bibliotecas y con la comunidad. El hombre no sólo vive de luz, gas y agua, o al calor de los amparos judiciales.

 

Muy lejos de la tebaida apacible y sedentaria del Paraíso en la teodisea cristiana, Jorge Luis Borges, acaso el literato representativo de nuestra patria, decía que imaginaba a los jardines del Paraíso como una biblioteca. Es decir, su visión del reposo final era activa y consistía en leer eternamente; de una manera concluyente, perpetuar el aprendizaje mediando el goce de la lectura. Pero quizá nuestro fauno de las letras obvió por existente y sabido el compromiso de los bibliotecarios, sin ellos la tarea de buscar un libro entre miles sería imposible, y también de un edificio: un templo. A fin de cuentas, un libro expuesto a los elementos y el abandono no dura más que un mes.

 

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COMENTARIOS

  1. Agradecemos tu artículo, Carlos, porque refleja la realidad. Y sobre todo porque son palabras dichas por una persona que siente y ama la lectura.

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